Instituto de Ética Pública

El Instituto de Ética Pública es una iniciativa de Derecho Justo que busca contribuir a la promoción de valores en las instituciones públicas y privadas, así como proponer políticas públicas en estas materias. 

 

 

¿Qué es lo que nos mueve cada día? ¿Qué es lo que nos motiva a seguir viviendo? Si todos hemos de morir, ¿para qué vivimos?

Hablar de la vida y de lo que vale la pena, es hablar de la libertad en cualquiera de sus facetas. Cantar, reír, bailar, leer, escribir, amar, ejercer una profesión u oficio, viajar, hablar, escuchar, ser quien se quiere ser, hacer lo que se quiere hacer.

Y como vivimos en comunidad, satisfacer nuestras expectativas relacionadas con disfrutar lo que tenemos o con alcanzar aquello que aún no y posiblemente otros sí, nos conduce a los demás. La capacidad de ver al otro como alguien similar o distinto a nosotros nos muestra la importancia que tienen las consideraciones sobre la igualdad en el sentido de la vida propia.

Mucho de lo que impulsa el ejercicio de la libertad o la búsqueda de la igualdad o de la diferenciación del otro tiene como presupuesto nuestro propio valor. La idea de que en nosotros subyace un valor intrínseco, que somos valiosos sin importar lo que los demás piensen o hagan motiva el tipo de persona en el que nos queremos convertir cada día a partir de lo somos en la actualidad. Esa dignidad propia del ser humano, y más propiamente, la conciencia de esa dignidad es fundamental para alcanzar la propia realización, el sentido de nuestra existencia.

Libertad, igualdad y dignidad humana son tres de los elementos esenciales en la búsqueda de la realización personal, en la búsqueda de la felicidad personal o colectiva. Las instituciones que los seres humanos hemos diseñado para la búsqueda del bien general deben servir justamente a ese propósito. La ciencia, las artes, las relaciones humanas, la familia, el Derecho y hasta el propio Estado por citar solo algunas, todas ellas han sido creadas o establecidas como medios para lograr este fin, aunque no lo satisfagan siempre o no busquen ese propósito en todas las ocasiones.

Gracias a nuestra individualidad, la percepción que todos tenemos sobre la felicidad propia o la felicidad colectiva puede variar. Lo que hace nos hace felices no es necesariamente lo que hace felices a los demás. Identificar algunos de los elementos que contribuyen a la realización personal pueden resultar claves para mejorar la calidad de vida de la sociedad en que vivimos y puede, a la larga, permitir que más personas disfruten el placer de la vida más allá de las contingencias, los problemas, las tristezas y todas esas experiencias que nos quitan el entusiasmo. Identificar la forma como hemos de vivir es uno de los puntos de atención de la filosofía moral también conocida como ética.

Los seres humanos tomamos decisiones irracionales, lo hacemos todo el tiempo. A veces no medimos lo que decimos o lo que hacemos, discutimos o peleamos por cosas sin sentido, cometemos errores, lastimamos al otro, mentimos y agredimos por estupideces. En ocasiones actuamos solos, en otras de forma colectiva y en cualquiera de los casos, los daños pueden ser irreparables.

Y aunque parezca extraño merece la pena que nos repensemos a partir de nuestras incoherencias, porque si la felicidad parece algo deseable no es fácil entender cómo contribuye a la felicidad individual o colectiva pasarse un semáforo en rojo, ofrecer un soborno, ser infiel, acosar sexualmente a cualquier persona, hacer política clientelista, burlarse de los demás por su raza, apariencia física o inclinación sexual. Estas inconsistencias a los que todos nos enfrentamos a diario están íntimamente relacionadas con lo que entendemos como el sentido de la vida, con la vida como merece ser vivida y con la vida que nos merecemos.

Por eso, a partir de hoy los invito a embarcarnos en este ejercicio, el de reflexionar sobre nosotros mismos para encontrar algunas claves que nos permitan entendernos un poco más, nuestros valores y nuestra ética y darle, si así fuera posible, un poco de sentido a la vida que tenemos el privilegio de vivir.

Y mientras tanto, ¿qué es lo que lo hace verdaderamente feliz? ¿qué es eso que le da sentido a su vida?

- No. No me pasé el semáforo en rojo, estaba en amarillo. – Estaba en rojo. – ¡Bueno, sí, en naranja! Ja, ja, ja, ja. Además, ¿cuál es el problema? Alcanzo a pasar y nos ahorramos la espera. Igual, no sea bobo. Todo el mundo lo hace.

- Pero si eso es quitarle un pelo a un gato, no se va a dar cuenta y además le sobra. -Es que eso no está bien! – No moleste. Igual, ahí tiene la conexión para ver sus películas o ¿es que usted va a dar la plata?

Casos como este pasan todos los días. Todos son actos de corrupción, de esa que llamamos cotidiana, de esa tan pequeña que como me diría un vecino, - Corrupción, corrupción… sí, pero tampoco. ¡No sea tan exagerado! Ahora es que ¿usted nunca ha descargó música por internet o vio una película por cuevana?

Este tipo de situaciones nos reflejan que de alguna manera la idea de corrupción está circunscrita por una gran zona gris en la que no sabemos con claridad cuál es el límite, más allá de la existencia de normas que permitan, ordenen o prohíban comportamientos. Pareciera que los actos de deshonestos lo son menos porque muchos los cometen, porque puede estar justificada o porque en la relación costo beneficio, son más los puntos a favor que en contra. Y, sin embargo, en la práctica parece que es más fácil identificar la corrupción ajena que la propia.

Sin pretender descubrir el agua tibia, podemos decir que el buen comportamiento de las personas está marcado inicialmente por la conciencia personal (moral individual). El reproche por el incumplimiento de las propias normas, de la autonomía está dado por eso que llamamos cotidianamente conciencia y que no es otra cosa que un estado funcional de cerebro (Llinas, 2017) que nos alerta e indica cuando obrar de una determinada forma es seguro y cuando no lo es. La plasticidad cerebral permite que a medida que los pequeños actos de corrupción se repitan, el reproche individual se atenúe hasta casi desaparecer. Al hacerlo, el condicionamiento personal prexistente desaparece y puede incluso generarse uno nuevo que estimula o impulsa el comportamiento contrario. En el caso de quienes ingresan sin pagar a los medios de transporte masivo, al comienzo pueden sentir algún reproche en su conciencia hasta que desaparezca y se convierta en lo normal. Con el tiempo, eso que parecía incorrecto, se convierte en la regla y ahora lo que corresponde es no pagar. De hecho, en ocasiones se estimula dicha práctica y se refuerza socialmente cuando se hace y se valida en grupo.  

El tema aquí es que cada persona tiene un umbral muy personal sobre lo que se considera un acto de corrupción de la misma manera como tiene una forma distinta de percibir lo que se entiende por vivir bien o hacer lo correcto. Las acciones correctas, aquellas que entendemos como dignas de imitar plantean problemas difíciles de resolver de una buena vez por todas porque suelen cambiar con el tiempo, las costumbres y la cultura en donde se presente. El aborto, el homicidio por piedad, la eutanasia, el trasplante de órganos, etc., siguen generando discusiones interminables no solo porque en muchas ocasiones pueden estar asociados a tipos penales que parecen exagerados o injustos sino porque en la práctica reflejan el tipo de sociedad en la que vivimos y nos confrontan con aquella en la que queremos vivir.

La pregunta que surge de todo esto es ¿puede una persona que actúa coherente consigo misma ser considerada deshonesta o corrupta? Si una persona no recibe el reproche de su propia conciencia, ¿cómo podemos cambiar su conducta cuando creemos que ella afecta al círculo social en que vive más allá de lo que razonablemente es tolerable? De hecho, ¿es correcto o deseable querer cambiar la conducta de un individuo en contra de su propia voluntad, sin afectar o lastimar su autonomía personal?

El punto aquí es que la respuesta de la sociedad frente a los actos de corrupción de algunos de sus miembros difícilmente puede desligarse de la percepción individual de dichos actos y de la moral individual. Si hay quien cree que lo usual, lo normal es pagar el 10% a los funcionarios encargados de adjudicar un contrato estatal por su gestión, y además resulta que esa es la práctica social en un determinado colectivo, ¿puede castigarse dicha práctica como un delito?